Recordando a Salvador Minuchin. Por Ema Genijovich

Materiales recomendados, Protección especial

Salvador Minuchin fue un pionero de la Terapia Familiar que revolucionó el campo de la psicoterapia.

 

Minuchin fue un psiquiatra argentino experto en terapia infantil y familiar. En Estados Unidos su trabajo con familias comenzó con jóvenes delincuentes en Wiltwick School for Boys en Nueva York, donde él y sus colegas tuvieron que desarrollar nuevas maneras de trabajar con familias pobres, con múltiples problemas.
Fue director de la Child Guidance Clinic en Filadelfia desde mediados de los años 60 hasta fines de los años 70.
Más tarde se mudó a Nueva York y fundó un nuevo instituto de terapia familiar en 1981, al que llamó Family Studies y que más tarde se convirtió en el Minuchin Center for the Family, NY.

 

 

“Conocer a Salvador Minuchin, el creador del modelo de Terapia Familiar Estructural, me abrió la cabeza y cambio mi visión de lo que está a nuestro alcance como terapeutas trabajando con las relaciones humanas”. Ema Genijovich*

 

Mi experiencia con Salvador Minuchin

A principios de los años 80, Salvador fue a Ciudad de México, donde yo vivía hacía varios años, a dar una conferencia. Un grupo pequeño de terapeutas de familia nos reunimos para trabajar con él por varios días. En ese momento, me impactó mucho su compromiso social por el trabajo que realizaba con familias pobres, marginales y de inmigrantes, y también su trabajo con familias con niños.

Era muy directo y comprometido desde una posición de proximidad. Su curiosidad, placer y entusiasmo para explorar ideas era tangible y contagioso. Su generosidad para compartir lo que él sabía y lo que estaba pensando era notable.

Me entusiasmé tanto que, en ese momento, decidí que si algún día tenía la oportunidad de ir a los Estados Unidos, iba a estudiar con él. Por esas coincidencias de la vida, en Marzo de 1984 me mudé a Nueva York y lo llamé al día siguiente. Tuve la suerte de llegar a NY justo cuando Salvador decidió hacer el experimento de armar un grupo para formar supervisores.

No fue fácil para mi entrar a ese grupo porque la primera vez que Salvador me entrevistó, como yo era recién llegada y no tenía todavía trabajo, me dijo que necesitaba primero entrar a trabajar en alguna institución para tener material para supervisar. Me sentí muy desilusionada, pero me acordé de los casos en los que Salvador no aceptaba la definición del problema que le traía la familia. Si uno de sus miembros le decía que él o ella era el problema, Salvador le contestaba: “ ¡No esté tan seguro! ¿Quién le contó eso?”.

Al poco tiempo, todavía queriendo conseguir un lugar en su nuevo grupo, lo llamé y, siguiendo su ejemplo, le dije: “A usted ¿quién le dijo que yo no puedo estar en ese grupo? No lo crea, ya conseguiré trabajo”. Él se echó a reír y, en ese momento, me dio los datos del director de una clínica que iba a estar en su grupo, y me dijo que si yo conseguía el trabajo, él me aceptaba. Después me llamaba preocupado para ver si lo había conseguido y así, finalmente, fue como ingresé al grupo para formarme como supervisora.

Tuve así la experiencia personal de que cuando Salvador se conectaba, realmente se comprometía. Me di cuenta también que él desafiaba y confrontaba, y que a su vez aceptaba ser desafiado. Al finalizar mis dos años de entrenamiento en el grupo de supervisores, Salvador me ofreció trabajar con él en Family Studies. Nos reuníamos una vez a la semana con su esposa (psicóloga especializada en el desarrollo evolutivo de los niños), y otros miembros del staff, para hablar sobre los proyectos que estábamos llevando a cabo en diversas instituciones.

 

“Las familias enferman, pero también curan”. Salvador Minuchin

La preocupación de Salvador en ese momento era modificar todas las instituciones posibles que tenían contacto con la familia en temas de salud mental o asistencia en NY.

Trabajamos con el sistema de familias sustitutas (Foster Care), en diferentes servicios de hospitales, refugios para mujeres, programas para personas sin hogar, y para jóvenes embarazadas.

La idea de fondo era siempre la misma: cambiar la actitud de las agencias para que trabajen con las familias como recurso, como curadores, y no solo como un problema. Fue para mí una experiencia única poder participar de estos proyectos y de las discusiones que teníamos. Ver el compromiso de Salvador con este trabajo comunitario y social era inspirador.

El compromiso es algo que marcó toda su trayectoria: con las instituciones que quería cambiar, con la gente que entrenaba y con las familias que ayudaba. Una de las formas en que este compromiso se manifestaba con las familias, era en su relación y conexión con cada miembro de la familia. Siempre me maravilló verlo jugar con los niños tirado en el piso durante las sesiones y disfrutando enormemente. Me ayudó a expandir esta parte mía y a poder trabajar mejor con niños/as en las familias.

Jugando a veces en el piso, demostraba por ejemplo que un niño diagnosticado como hiperactivo e incontrolable tenía la capacidad de conectarse de acuerdo a su edad. Aunque podía ser firme, tenía una actitud en general juguetona con los/as niños/as: utilizando metáforas en el lenguaje y en el espacio con las cuales se podía comunicar con ellos/as y sus familias al mismo tiempo. Una de sus favoritas era pedirles a todos que se pararan para ver sus alturas, y así tener una imagen visual y una experiencia visceral de lo que estaba pasando en la familia. En ese momento les solía preguntar a los padres: “¿Cómo es que este niño que les llega hasta la cintura tiene tanto poder en esta familia?” Siempre ponía el problema del niño/a en el contexto de la familia; siempre lo hacía relacional.

En todo su trabajo con familias y parejas, Salvador siempre enfatizaba la complementariedad y cómo nos co-construimos unos a otros en las relaciones. Decía que la vida es evidente en las pequeñas maniobras, en los micro-movimientos que crean patrones. Si no vemos estos pequeños movimientos, ellos nos controlan. Por ejemplo, cuando le preguntaba a una niña si tenía amigos, y la niña miraba a la madre, él registraba esto y podía preguntar: “Cómo es que tu mamá sabe más de tus amigos que vos?” O sea, comenzaba a explorar a partir de lo que veía sobre cómo era esa relación y cómo se limitaban mutuamente.

Salvador siempre decía que el único instrumento de cambio es el terapeuta, por eso en sus entrenamientos, el énfasis estaba puesto sobre la persona del terapeuta y su relación con la familia. No nos enseñaba técnicas, sino una manera de ser y estar en la sesión. Una forma de conectarnos. Su objetivo era que nosotros, los terapeutas, expandiéramos nuestro repertorio, nuestros recursos. Nos hablaba de libros, películas, obras de teatro, poesías. Nos decía que cuanto más complejos éramos, más recursos íbamos a tener para trabajar.

Salvador era una persona muy curiosa, informada y con una memoria prodigiosa. Él era un terapeuta muy activo, próximo y que tomaba riesgos. Por ejemplo, cuando había algún cambio en la sesión que él quería resaltar, se levantaba y felicitaba a un miembro de la familia, dándole la mano, porque había logrado algo nuevo que parecía imposible hasta ese momento (que la hija se siente, o hablar más de dos minutos seguidos con la esposa).

Salvador se usaba a sí mismo, arriesgándose permanentemente frente a la incertidumbre de cómo la gente podía reaccionar a un terapeuta no neutral. Trabajando sobre la persona del terapeuta, cuando él veía que un terapeuta se mantenía muy distante de la familia, le pedía durante la supervisión que se sentara al lado suyo, y que se fuera aproximando cada vez más a él con la silla para que pudiera vivenciar la proximidad. Explicaba que la experiencia en el entrenamiento tenía que ser paralela con lo que nos pasaba con la familia como terapeutas. Al ir corriendo la silla, hacía que el terapeuta tomaría conciencia de sus limitaciones e iría expandiendo sus posibilidades. Una vez, supervisando a una terapeuta que le pareció que estaba un poco desconectada y no muy activa en la sesión, le pidió que pasara al frente a sentarse junto a él. Y antes de que ella pudiera sentarse, puso un manojo de llaves sobre la silla. Le dijo que ella necesitaba más “schpilkes” (en yiddish, dialecto que ella también entendía y quiere decir algo así como “alfileres” o “cosquilleo”). Fue su manera, a través de una metáfora y el elemento de sorpresa y humor, de transmitirle a la terapeuta el mensaje experiencial de que no se podía quedar tan cómoda y relajada en su silla durante la sesión.

Yo siempre hablo de Salvador como “un provocador benigno”. Era un disruptor con la intención de hacer aparecer nuevas alternativas. Era congruente con sus ideas y sus intervenciones. Tenía una gran generosidad de espíritu para compartir su conocimiento. Ponía sus creencias en acción. Todo con él era experiencial. Los encuentros terapéuticos eran siempre una danza con tensión. Creaba intensidad y drama. Lo único cierto con Salvador era la incertidumbre. Lo que encontramos en su trabajo y en su pensamiento es: complejidad y simplicidad, desafío y apoyo, determinación y apertura, curiosidad y humor.

Se mantuvo fiel a su pensamiento hasta el ultimo día. Nunca se sometió a las modas respecto a la terapia. Aunque, con la era de los manuales terapéuticos, intentaba deconstruir su forma de pensar y trabajar en pasos y movimientos sencillos, siempre se resistía a una estructura rígida de “recetas” que pudiese interferir con la co-construcción orgánica y humana de la experiencia terapéutica con cada familia.

Fueron más de treinta años que pude aprender de Salvador y con Salvador en lo profesional y en lo personal. Para mí fue un gran privilegio haber estado tan cerca de él, aunque siempre me desconcertaba y sorprendía, y nunca sabía de dónde iba a venir su próximo comentario. Lo voy a extrañar.

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* Ema Genijovich, Lic. Terapeuta, Entrenadora y Consultora, Nueva York/Buenos Aires e internacional Miembro fundadora del Minuchin Center for the Family, New York. Directora de Entrenamiento de Family Studies y Minuchin Center por más de 10 años.

 

 

 

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