Salud integral: niñez, malnutrición y pobreza en la pandemia

Apuntes de Debate

Durante el 2020 se ha discutido largamente sobre los efectos amplificadores de la desigualdad que la pandemia de Covid-19 ha tenido en nuestras sociedades. Aunque todas las personas están expuestas al virus, quienes se encuentran en situación de pobreza lo están mucho más y deben enfrentar también las consecuencias socioeconómicas de la pandemia en su vida cotidiana. El desempleo y la caída de los ingresos se han profundizado, a la vez que se evidenciaron aún más la vulnerabilidad ante la falta de
servicios esenciales como el acceso al agua, la sobrecarga en las tareas de cuidado y la brecha digital en el año de la educación virtual.

Desde Equidad para la Infancia hemos alertado sobre el particular impacto de la crisis en mujeres e infancias en América Latina y el Caribe a través de numerosos debates y publicaciones(1) destinados a promover acciones concretas de transformación. En el marco del webinar: «Cuidados, Salud y Equidad. Pandemia y Niñez en América Latina”(2), realizado junto a Fundación Arcor, nos interrogamos sobre la reacción que los sistemas
educativos y de salud de los diferentes países han tenido frente a la crisis y la profundización de las desigualdades. El proyecto audiovisual “En Primera Persona(3)” recoge los testimonios de familias en la pobreza en América Latina dando voz a experiencias y relatos que dan cuenta de la organización en las comunidades para contrarrestar los efectos del Covid-19.

En esta nota debate nos adentramos en la temática de salud integral de niños, niñas y adolescentes. En primer lugar, nos detendremos en el concepto de cuidado integral, su importancia para un abordaje completo de la salud como problemática social y el rol que ocupan las ciudades en el cuidado de niños, niñas y adolescentes. En segundo lugar, cómo se relaciona con la inseguridad alimentaria y la malnutrición infantil, visualizando el estado de situación en la región tras un año de transitar los efectos del COVID-19. Por último, nos preguntamos sobre los retos que se abren hacia adelante, frente a un nuevo año con la pandemia aún presente.

Salud Integral

Según el Dr. David Tejada de Rivero, ex subdirector general de la OMS, el concepto de salud integral debe entenderse en dos sentidos complementarios(4): «la interpretación integral de lo que es la salud, y, la consecuente respuesta también integral para su cuidado». Es decir, por un lado la idea de “salud integral” hace referencia a la salud más allá de la ausencia de la enfermedad, como el estado de bienestar físico, emocional
y social de un individuo. Por otro, reconoce el derecho a la salud como un derecho humano fundamental, que debe ser garantizado no sólo a través del acceso a atención médica de calidad sino también de condiciones de vida dignas.

Así, la Observación General Nº 14 del Comité de Derechos Económicos, Sociales y Culturales de las Naciones Unidas establece que «el derecho a la salud no sólo abarca la atención de salud oportuna y apropiada sino también los principales factores determinantes de la salud, como el acceso al agua limpia potable y a condiciones sanitarias adecuadas, el suministro de alimentos sanos y una nutrición adecuada, una vivienda adecuada y condiciones sanas en el trabajo y el medio ambiente, y acceso a la educación e información sobre cuestiones relacionadas con la salud, incluida la salud sexual y reproductiva»(5).

Abordar la salud desde su integralidad implica la superación de la medicalización y la adopción del trabajo conjunto de equipos interdisciplinarios y pertenecientes a distintas esferas de acción, en el abordaje de la salud como problemática social: médic@s y enfermer@s pero también trabajadoras sociales, actores de política pública y también
actores sociales territoriales y otros. De esta forma se “incorporan las dimensiones económicas, políticas y socio-culturales del sujeto y los problemas sociales en la explicación y/o en las estrategias implementadas” en el campo de la salud (Nucci et al.,2018: 126).

En lo que hace a la salud de niños, niñas y adolescentes, frente a la emergencia sanitaria, sus necesidades fueron reiteradamente relegadas a un plano secundario por no tratarse de población en edad considerada “de riesgo”, a la vez que se asumió que por transitar la enfermedad con síntomas leves, no resultaban especialmente perjudicados. De aquí que
UNICEF y expertos refirieran a la niñez como “la víctima oculta de la pandemia”.

En un comienzo, abundaron los debates mediáticos sobre si los niños y niñas contagiaban más que los adultos, llegando a vetárseles la entrada a supermercados y comercios a madres y padres acompañados de sus hijos e hijas. En el último tiempo marcado por los rebrotes, los debates giraron en torno a la responsabilidad y el comportamiento de jóvenes y adolescentes, rozando la estigmatización(7).

Sin embargo, NNyA también se ven afectados (8) por las posibilidades de contagio y principalmente por la pérdida de espacios de actividad y sociabilización, el extendido confinamiento, el sedentarismo, la mayor exposición a situaciones de violencia y la interrupción del seguimiento médico cotidiano, entre otras variables que hacen a la salud integral y el bienestar de infancias y adolescencias. La situación empeora en hogares
vulnerables donde el acceso a servicios sanitarios y sociales es restringido y el desempleo y la caída en los ingresos familiares amenaza la provisión de los alimentos necesarios.

Según UNICEF, frente al aumento de la pobreza y la extrema pobreza en América Latina y el Caribe, el número de niños y niñas que viven en hogares pobres aumentaría en un 21,7% (9), pasando de 71,6 millones a 87,2 millones, lo que representa el 46% de los menores en la región.

En consecuencia, estiman que desde que inició el brote de COVID-19, más de 80 millones de niños, niñas y adolescentes han dejado de recibir comidas calientes en Latinoamérica y el Caribe, agravando el riesgo de inseguridad alimentaria (10).

Las ciudades como lugar de inequidades (y oportunidades) para niños, niñas, y adolescentes

Las ciudades han sido consideradas lugares de oportunidades por su desarrollo económico y social y por la provisión de servicios de salud11 que han resultado beneficiosos para el desarrollo humano. Sin embargo, el rápido crecimiento urbano que han experimentado muchas de las urbes en Latinoamérica, asociado a un inadecuado planeamiento urbano en las últimas décadas, ha generado condiciones de desigualdad social que varían mucho entre ciudades, aun dentro de un mismo país.

Actualmente, la mayor parte de la población de Latinoamérica vive en ciudades. Se estima que 3 de cada 4 niños, niñas y adolescentes que viven en la región residen en zonas urbanas y que casi la mitad de ellos viven en condiciones de precariedad12, habitando asentamientos informales (villas miserias, slums, favelas) donde no solo se padecen déficits habitacionales sino también falta de acceso a oportunidades directamente relacionadas con su nutrición, cuidado, educación, y recreación, aspectos necesarios para
el desarrollo saludable hacia una vida adulta plena (13).

Reducir las desigualdades sociales que enfrentan niños, niñas y adolescentes en las ciudades de Latinoamérica es un desafío para lograr sociedades más justas. Se considera que cuando las ciudades logran ser equitativas para los niños, niñas y adolescentes también lo son para otros grupos etarios. Abordar los problemas de equidad en las ciudades desde la perspectiva de niñez y adolescencia, implica que la agenda del desarrollo urbano(14) incorpore:

  • la promoción y fortalecimiento de políticas basadas en derechos enmarcados por la Convención de los Derechos niños, niñas y adolescentes
  • la implementación de estrategias que prioricen necesidades en la infancia y adolescencia
  • el monitoreo de indicadores de bienestar infantil/ juvenil para a) responder a las problemáticas y brechas identificadas; y b) evaluar el progreso de los programas y servicios urbanos implementados.

UNICEF, considera que una ciudad amiga de la infancia15 es una ciudad o comunidad que desea convertirse en un lugar donde los niños y niñas:

  • estén seguros y protegidos de la explotación, la violencia y el abuso
  • puedan comenzar adecuadamente sus vidas y crecer sanos y atendidos
  • tengan acceso a los servicios básicos
  • disfruten de una educación participativa, inclusiva y de calidad y puedan desarrollar sus capacidades
  • expresen sus opiniones e influyan en las decisiones que les afectan
  • participen en la vida familiar, cultural, social y de la ciudad o comunidad
  • vivan en un entorno limpio, seguro y no contaminado con acceso a zonas verdes
  • hagan amigos y dispongan de lugares donde jugar y divertirse
  • tengan oportunidades justas en la vida con independencia de su origen étnico, religión, nivel económico, género o capacidad

Inseguridad alimentaria y malnutrición

Las desigualdades sociales amenazan el derecho a la salud integral de las poblaciones en situación de pobreza. La carencia de agua potable y de cloacas, la residencia en zonas ambientalmente contaminadas, la lejanía respecto de centros de atención a la salud, la mercantilización de los servicios de salud y la precariedad de los que permanecen públicos, son algunos de los factores que exponen y comprometen la salud de niños, niñas y adolescentes. En este marco, una de las principales amenazas se relaciona con el riesgo de inseguridad alimentaria y malnutrición, que se ve agravado en el marco de la pandemia por las interrupciones en el seguimiento médico de rutina, el déficit en la provisión de alimentos consecuente con el aumento de la pobreza, las dificultades productivas
asociadas a las restricciones a la circulación y el creciente sedentarismo.

De acuerdo con la FAO, “una persona sufre inseguridad alimentaria cuando no tiene acceso físico, social y económico a suficientes alimentos inocuos y nutritivos para satisfacer sus necesidades alimenticias y sus preferencias en cuanto a los alimentos a fin de llevar una vida activa y sana. La expresión más extrema de inseguridad alimentaria es el hambre, que en el año 2018 afectaba a 42,5 millones de personas en la región. Si a esa población añadimos las personas que enfrentan incertidumbres en cuanto a su capacidad para obtener alimentos, y por lo tanto se han visto obligadas a reducir la calidad o cantidad de los alimentos que consumen, entonces encontramos que, en ese mismo año, 188 millones de personas, es decir, una tercera parte de la población de América Latina y el Caribe, se encontraba en inseguridad alimentaria antes de la aparición de los primeros casos de COVID-19” (16).

Para el 2019, 47,7 millones de personas, es decir el 7,4% de la población de la región, pasaba hambre. Las previsiones realizadas en julio 2020 indican que hacia el 2030 habría 20 millones de personas más con hambre, representando al 9,5% de la población (17). Según UNICEF, la inseguridad alimentaria contribuye a ocasionar diversas formas de malnutrición infantil: desnutrición (cuando los niños no comen lo suficiente o no absorben los nutrientes necesarios para crecer), hambre oculta (cuando los niños no reciben suficientes vitaminas y minerales esenciales) y sobrepeso (cuando el peso es demasiado elevado para la estatura). Las formas más graves de desnutrición son el retraso en el crecimiento y la emaciación, mientras que la forma más extrema del sobrepeso es la obesidad. En la pobreza, la obesidad suma todos los problemas del exceso (de HC, grasas
y azúcares) a todos los problemas de la escasez (de micronutrientes).
A su vez, los problemas que pueden desencadenarse a raíz de la malnutrición son múltiples: daños permanentes por desnutrición en los primeros 1000 días de vida, el hambre oculta puede causar ceguera por falta de vitamina A, dificultar el aprendizaje por falta de yodo e incluso poner en peligro la vida de una madre durante el parto por falta de
hierro. Además, el sobrepeso puede derivar en diabetes y enfermedades cardiovasculares.

Particularmente, la obesidad en los últimos años encendió la preocupación en todo el mundo por su espectacular aumento: en 2016, 41 millones de niños menores de cinco años y más de 340 millones de niños y adolescentes (de 5 a 19 años) tenían sobrepeso o padecían obesidad (18).

Esta alarmante estadística encuentra diferentes causas.

Por un lado, el creciente sedentarismo: aunque la OMS recomienda a los adultos realizar entre 150 y 300 minutos de actividad física aeróbica semanal y alrededor de 60 minutos diarios para niños, niñas y adolescentes, las estadísticas muestran que uno de cada cuatro adultos y cuatro de cada cinco adolescentes no realizan suficiente actividad física (19) mientras que incrementan el tiempo que pasan frente a pantallas. La escasez de espacios
públicos seguros y adecuados para el esparcimiento y el deporte contribuye a profundizar esta problemática. Por otro, los estudios evidencian que el sobrepeso y la obesidad afectan principalmente a los niños, niñas y adolescentes de los sectores más vulnerables (20). Según un informe de la
OMS, “una dieta saludable cuesta mucho más de US$1,90 al día, el umbral internacional de la pobreza. Se indica que incluso el precio de la dieta saludable menos costosa es cinco veces mayor que el precio de llenar el estómago sólo con almidón. Los alimentos con alto contenido de nutrientes, como los productos lácteos, las frutas y las hortalizas y los alimentos proteínicos (de origen vegetal y animal), constituyen los grupos de alimentos más caros del mundo (21)”.

En la región, UNICEF prevé que para 2030 habrá 7.6 millones de niños, niñas y adolescentes con obesidad en Brasil (ocupando el 5to lugar en el ranking global), 6.5 millones en México (7mo lugar) y 2.2 millones en Argentina22. A su vez, alerta que “los niños que viven en situación de extrema pobreza en países de ingresos bajos, especialmente en zonas remotas, tienen más probabilidades de estar subalimentados y malnutridos. Asimismo, tienen menos probabilidades de tener acceso a agua limpia,
saneamiento y atención médica (23)”.

Del mismo modo que los problemas de malnutrición e inseguridad alimentaria no se reducen únicamente a la dificultad para obtener los alimentos -que deben ser nutritivos, de calidad y accesibles-, la alimentación no se reduce sólo a la ingesta de nutrientes consumidos a lo largo del día.

El profesor en Nutrición y Salud Pública de la Universidad de San Pablo, Carlos Monteiro, advierte sobre el reduccionismo que pesa sobre la alimentación cuando se la concibe como la suma de nutrientes aportada por los alimentos consumidos durante el día. Este reduccionismo, sostiene, pasa por alto beneficios para la salud que anidan en los alimentos mismos o en las combinaciones y prácticas alimentarias acuñadas por las diferentes culturas, más que en los nutrientes aislados, por lo cual no son reemplazables por suplementos. Como sólido ejemplo de esto, Monteiro refiere a los beneficios de la leche materna que no son imitables por el producto que busca reemplazarla (24).

En la Guía Alimentaria para la Población Brasileña, elaborada en 2014 por el Ministerio de Salud de Brasil -que para entonces contaba uno de cada dos adultos y uno de cada tres niños con exceso de peso- se indica: “La ingestión de nutrientes, propiciada por la alimentación, es esencial para una buena salud. Igualmente importantes para la salud son los alimentos específicos que proporcionan los nutrientes, las innumerables posibles combinaciones entre esos alimentos y las formas de prepararlos, las características del
modo de comer y las dimensiones sociales y culturales de las prácticas alimentarias (…)

También hay evidencias de que las circunstancias en que se da el consumo de alimentos —por ejemplo, comer solo, sentado en el sofá y frente al televisor, o compartir una comida, sentado a la mesa con familiares o amigos— son importantes para determinar qué alimentos se consumirán y, lo que es más importante, en qué cantidades. Finalmente, los alimentos específicos, las preparaciones culinarias que resultan de la combinación y
preparación de esos alimentos, y los modos de comer particulares, constituyen una parte importante de la cultura de una sociedad y, como tal, están fuertemente relacionados con la identidad y el sentimiento de pertenencia social de las personas, con la sensación de autonomía, con el placer brindado por la alimentación y, consecuentemente, con su estad
de bienestar” (25).

Como hemos visto, los aspectos que se vinculan con la alimentación y el cuidado de la salud son múltiples: nutritivos, sociales, culturales, económicos, ambientales. Para evitar de aquí en adelante la profundización de la malnutrición y el retroceso en la salud de niños, niñas y adolescentes, todos estos aspectos deben ser abordados desde una perspectiva integral que conlleve la revisión de las prácticas de consumo, producción y
distribución de los alimentos.

Retos hacia adelante

Los países se encuentran ante el desafío de enfrentar problemas de malnutrición infantil de índole muy diversa, que demandan estrategias diversificadas, específicas, complementarias y en varios planos simultáneos.

Políticas contra el hambre, políticas contra la obesidad, políticas que promuevan el consumo de agua en lugar de bebidas azucaradas, que alienten la realización de actividad física, todas ellas deben abordarse en conjunto con comedores escolares, escuelas, centros barriales y demás espacios de interacción social que existen en los territorios y que
muchas veces cumplen una función clave en la alimentación de las familias más carenciadas.

Generar y circular datos e información pública que permita tomar las mejores decisiones a productores, consumidores y ejecutores de política pública, forma parte de abordar la malnutrición como una problemática social cuya solución implica a todos.

Resulta fundamental promover la producción ambientalmente sostenible de alimentos sanos, nutritivos y de calidad, a precios accesibles, que genere a su vez oportunidades de desarrollo para las comunidades contribuyendo a reducir la desigualdad. Para ello, el fortalecimiento de la agricultura familiar y campesina representa una vía donde hay aún mucho por hacer y por lo tanto, una oportunidad.

Promover formas de economía social/comunitaria alternativas mejora la distribución de alimentos basados exclusivamente en la acción del mercado (con su lógica de la ganancia) o del Estado (con su lógica de la necesidad).
Luchar contra el consumo conspicuo inducido por la publicidad de la agroindustria y promover un consumo cultural y nutricionalmente adecuado, informado y responsable, considerar la diversidad cultural de los pueblos latinoamericanos en las formas de comer y fomentar la reproducción cultural de valores relacionados con la comida, contribuye a
hacer posibles las políticas anteriores.

Estas iniciativas contribuyen a un abordaje integral de la salud, pero no lo agotan. Garantizar el acceso a la atención médica adecuada y en cercanía, la posibilidad de crecimiento en un entorno saludable (tanto por las condiciones habitacionales como ambientales), junto con el acceso al agua potable y los alimentos necesarios, debe ser asimismo parte de una agenda que busque evitar la profundización de inequidades en el marco de la pandemia de Covid-19, una agenda comprometida con garantizar igualdad de oportunidades de desarrollo para niños, niñas y adolescentes.

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