Día Mundial contra el Trabajo Infantil

Featured, Biblioteca

El 12 de junio se celebra el Día Mundial contra el Trabajo Infantil. El trabajo infantil atenta contra el derecho a la infancia, pone en peligro la salud integral de niños y niñas y agrava la persistencia de la pobreza intergeneracional. Las últimas estimaciones globales indican que a principios del 2020, 160 millones de niños y niñas realizaban trabajo infantil, con énfasis en las áreas rurales y en las actividades relacionadas a la agricultura .

Según el informe reciente de OIT y UNICEF, los avances para acabar con el trabajo infantil se han estancado por primera vez en 20 años, a la vez que se estima que la pandemia de COVID-19 podría haber empujado a nueve millones más de niños y niñas al trabajo infantil para fines de 2022, a causa de factores como el aumento del desempleo y la informalidad laboral, la reducción de las remesas y la consecuente caída en los ingresos familiares, el cierre de las escuelas y la presión sobre los presupuestos públicos .

El fortalecimiento de los sistemas de protección social y políticas destinadas a reintegrar a aquellos niños y niñas que han visto interrumpida su escolaridad a raíz de la pandemia y el cierre de las escuelas, son fundamentales para evitar este preocupante escenario.

Para seguir reflexionando sobre esta problemática junto a los niños y niñas, desde Equidad para la Infancia compartimos el siguiente cuento titulado “Caramelos de frutas y ojos grises” de la escritora argentina Liliana Bodoc, especializada en literatura juvenil.

Caramelos de frutas y ojos grises por Liliana Bodoc

Ellos vendían caramelos de fruta en los bares. Y, algunas veces, estampitas de la Virgen. Pero la virgencita no era para vender sino para pedir colaboración. Aunque, la verdad es que resultaba mejor con los caramelos. Y mucho mejor si los ofrecía Magui, porque era chiquita y tenía ojos grises. A Tomás, la calle le había enseñado que los ojos grises vendían más que los ojos marrones.

Los dos hermanos tenían su clientela fija: viejos hombres de bar que compraban caramelos y los olvidaban en sus bolsillos. Los viejos hombres de bar no podían comer caramelos porque tenían la boca ocupada con cigarrillos negros y palabras para arreglar el mundo. Tomás solía pensar que, cuando los bares cerraban, los viejos hombres permanecían inmóviles, con el cigarrillo a medio terminar, la palabra a medio pronunciar y la taza de café a mitad de camino entre la mesa y los labios. A la mañana siguiente, el sonido de la persiana metálica los ponía en funcionamiento.

Era sábado…. Tomás y Magui terminaron de vender sus caramelos mucho antes de lo acostumbrado. ¡Buena suerte que las personas anduvieran ese día con ganas de masticar azúcar!

Los niños empezaron a caminar hacia la estación de trenes. Cada una hora, salía el tren que los dejaba más allá de los suburbios industriales. En un lugar donde las calles no tenían nombre y las casas no tenían vidrio. Tomás iba pateando la cajita de cartón vacía donde habían estado los caramelos. De pronto, Magui se detuvo.

– ¿Qué hay? – preguntó su hermano.

Magui señaló en dirección a la plaza que tenía juegos. -Quiero ir al tobogán – dijo.

– Mejor nos vamos – contestó Tomás, pensando que llegaba a tiempo para jugar un rato a la pelota.

Magui sacudió la cabeza para decir que no, que por favor, que fuera bueno. Magui sacudió la cabeza, y su hermano entendió por qué la gente le compraba caramelos.

– Está bien…- aceptó.

Era sábado, y mediodía de otoño. La plaza estaba casi desierta. Solamente había un niño con una mujer que lo cuidaba.

Magui corrió hasta el tobogán. Tomás, en cambio, se sentó en un banco de cemento. Él ya estaba grande para esas cosas. Tenía ganas, pero mejor que no. Porque si llegaba a verlo algún otro. Tomás se acurrucó en el banco, del lado del sol. Tanteó la bolsita que su madre le ataba a la cintura, debajo de la ropa, para que guardara la ganancia. ¡Qué suerte que ese sábado las personas anduvieran con ganas de masticar azúcar!

Magui se deslizaba por el tobogán agarradita de los costados. Y claro, era chiquita. No iban a compararla con él que se tiraba con un envión, daba una vuelta completa en el suelo, y se levantaba sin apoyarse en las manos. El sol de otoño a la hora de la siesta era como un zumbido. Ahí estaba Magui subiendo de nuevo la escalera del tobogán. Ahí estaba el chico con su abuela. ¿Era su abuela o su mamá? Más bien parecía su abuela… Tomás no quería dormirse, pero el sol quería que se durmiera. Lo envolvió en una manta con olor a aire libre, le trajo buenos sueños desde allá arriba. Y, en pocos minutos, le ganó la pelea. Dormido, hecho un ovillo, Tomás estuvo soñando cosas lindas. Sueños muy distintos a la vida. Tan pero tan distintos como unos ojos grises de unos ojos marrones. Sin embargo, no debió dormir mucho tiempo. Porque cuando despertó, el sol estaba en el mismo lugar, y los pinos de la plaza tenían la misma altura. Lo único diferente era que el niño y su abuela se habían marchado. Tomás se restregó la cara y miró el tobogán: Magui no estaba.

Llevaba algunos años vendiendo caramelos por los bares; más precisamente la mitad de su vida. Y había aprendido que en las calles nada desaparece porque sí.

– ¡Magui! – llamó ¡Magui!

Lo primero que hizo fue recorrer la plaza por si a Magui le había dado por esconderse atrás de algún árbol. Pero, no. A lo mejor, detrás de los arbustos podados con forma de paraguas. Tampoco… El monumento era un buen lugar, con caballos y todo. Seguramente Magui estaba calladita detrás de un soldado. Tomás miró los rostros de aquellos militares de metal a ver cuál de todos aguantaba la risa para no descubrir el escondite. Dio una vuelta completa al monumento, con los dedos cruzados y el corazón golpeando fuerte. Pero Magui tampoco estaba allí.

Tomás miró hacia todos lados. Nunca la ciudad le había parecido tan grande. Tal vez por eso, él eligió las calles familiares. En su esquina de siempre, encontró al lustrabotas que los conocía.

– Don, ¿no la vio a la Magui?

-¿A tu hermanita? –encogió los hombros- No.

Tomás siguió en dirección a los bares donde vendían. Entró en cada uno. Y en todos repitió la misma pregunta: – ¿No vio a la Magui?

Los viejos hombres de bar parecían preocuparse. Hasta le preguntaron qué pasaba, y quisieron saber dónde se había perdido. Pero ninguno abandonó su silla. Al principio, Tomás sólo preguntaba… Después, espió a ver si su hermana estaba adentro de las tazas con café con leche. A ver si, de tan flaquita que era, se había metido entre el pan de los sándwiches que la gente devoraba sin pena. Un viejo hombre de bar leía el periódico. Tomás se detuvo en seco porque creyó reconocer a Magui en una foto. Se puso a espaldas del hombre para mirar bien. Y entonces comprendió que se había equivocado; no era Magui la que miraba desde el papel. De todos modos, se empeñó en leer las palabras escritas sobre la foto: “Cifras negras. Aumenta el número de niños desaparecidos”. Cuando terminó con los bares que conocía, Tomás empezó a caminar más rápido, más rápido. Observó la expresión de las personas que pasaban a su lado. Y caminó más rápido todavía. Miró el interior de los autos, las cosas que ofrecían las vidrieras. Dobló la esquina, y empezó a correr. Se detuvo en el puesto de revistas.

¿Novio a la Magui? Corrió a la parada de taxis. ¿No la vieron?

Siguió corriendo… Cruzó una vez más, con el semáforo encima. Pero siguió… Iba esquivando gente y atropellando gente. Los insultos no lograban alcanzarlo. Tomás corrió sin sentido. No necesitaba sentido para correr.

– Doña, ¿no vio a la Magui?, ¿no vio a la Magui?

Llegó corriendo a la estación de trenes. Tiene ojos grises, ¿nadie la vio? Nadie la había visto. Las personas atiborraban los vagones. Y los trenes partían como si no les importara que Magui se hubiese perdido. Tomás se alejó también, corriendo sin aire. No necesitaba aire para correr. De pronto, maravillosamente azul y rojo, Tomás vio a Superman en un enorme cartel de propaganda. Cualquiera sabe que Superman vuela sobre la ciudad y lo ve todo: nadie mejor que él para ayudarlo. Tomás se paró en puntas de pie para hablarle desde más cerca:

−Caramelos de fruta… ojos grises. Eran las palabras de su tristeza: Me quedé dormido, se me perdió… Pero Superman no pareció escucharlo. Habló en otro idioma. Y se fue volando, cartel adentro, tras unos malos de mentirita. Lo único posible era seguir corriendo, sin sentido, sin aire, sin rodillas. Tomás no necesitaba rodillas para correr. La calle que eligió terminaba en el hospital. A lo mejor, detrás de esos muros gruesos, estaba su hermana con dolor de panza. Pasó por la puerta giratoria, pero no le dieron ganas de jugar. Un olor picante le punzó la nariz. Preguntó y preguntó: − ¿Acá está la Magui con dolor de panza? Los de blanco no sabían. Los de celeste, tampoco. En todos los pasillos, una mujer lo hacía callar con un dedo sobre los labios.

−Es que estoy buscando a mi hermana – explicaba Tomás.

− Silencio, hospital − respondía ella. Tomás salió de allí. Atardecía con frío. Su carrera lo llevó hasta una zona desvencijada de la ciudad. Atravesó baldíos, se tropezó en las baldosas sueltas, sin sentido, sin aire, sin rodillas… El basural lo llamaba. Tomás se metió a revolver lo que el mundo había tirado. No tuvo miedo, ni asco. Encontró una muñeca sin brazos, pero Magui era más linda. Encontró cáscaras de manzana, pero Magui era más dulce. Un pedazo de pan, pero Magui era más buena. La noche se había terminado de cerrar. Y él ya estaba muy cansado.

− ¡Magui!−llamó, susurró. Magui, si te encuentro nos vamos a la casa a tomar sopa. El basural lo escuchó en silencio.

En un bar de la ciudad, había un periódico olvidado en una de las mesas. “Cifras negras…”. Pero los soldados del monumento no pudieron defenderla. “Un importante número de organizaciones internacionales hicieron público un documento estremecedor…” Pero la gente seguía tomando café con leche. “Ha crecido de manera dramática el número de niños robados.” Y los trenes partían. “Los niños que trabajan en la calle son las principales víctimas de estos crímenes “. Pero a Superman no pareció importarle. “Por cada día que estas soluciones demoren en llegar habrá niños que ya no regresen a sus casas”. El hospital no tuvo tiempo para escucharlo. “El documento puntualiza, también, que el precio que se paga por estos niños…”. Al fin, Tomás se sentó, rodeado por la noche hostil del basural. Apoyó la cabeza sobre sus rodillas y se cubrió con los brazos. Como si los brazos fueran el techo de una casa. Sin Magui junto a él, la intemperie dolía más que nunca.

DEJE SUS COMENTARIOS

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Límite de tiempo se agote. Por favor, recargar el CAPTCHA por favor.

NOVEDADES

Menús de configuración en el Panel de Administración

X