Los niños y niñas viven la ciudad de una manera distinta. Ven cosas que los adultos ya no percibimos: una vereda rota, una plaza aburrida, un cruce peligroso. Por eso, si queremos construir ciudades más justas, debemos empezar por escuchar sus voces. Como bien nos recuerda Leandra Bonofiglio:
«Pensar la ciudad desde la mirada de la infancia no es un gesto simbólico: es una necesidad concreta para garantizar su derecho al juego, a la autonomía y a la participación».
El espacio público como territorio de derechos
En contextos de vulnerabilidad, el espacio público es muchas veces el único lugar disponible para jugar, encontrarse y explorar. Sin embargo, estos espacios suelen estar descuidados, inseguros o directamente ausentes. En sectores medios, el problema es otro: la sobreprotección, el encierro y la tecnología reemplazan el juego libre al aire libre. En ambos casos, se restringe el derecho de niños y niñas a habitar la ciudad en libertad y con dignidad.
Diseñar con y no para la infancia
El desafío no es solo construir más plazas o pintar murales. Se trata de habilitar procesos reales de escucha, donde niños y niñas puedan imaginar y proponer desde el inicio. Como decía un niño: “¿Por qué yo tengo que bajar el cordón si el auto tiene motor?”. Estas ideas, lejos de ser ingenuas, revelan una lógica inclusiva que muchas veces los adultos pasamos por alto. Escuchar con atención puede transformar nuestras ciudades.
La esperanza como motor de cambio
Hay señales de cambio. Más gobiernos locales están incorporando la mirada infantil en el diseño urbano y empiezan a surgir protocolos de consulta ciudadana. Pero también hay preocupaciones: la infancia encerrada, conectada pero aislada. Hoy más que nunca, urge volver al encuentro, al juego y al cuidado del entorno. Como decía Tonucci, prestemos nuestras “orejas verdes” para escuchar ese otro mundo que los niños ya están imaginando.