Espacios públicos e infancia en América Latina: donde juegan los niños, respira la ciudad

En América Latina, hablar de espacio público e infancia es hablar de desigualdad, de derechos y también de futuro. Durante demasiado tiempo, los niños y niñas han sido casi invisibles en la planificación urbana. Las ciudades se diseñan para el tránsito, el comercio, el automóvil o la seguridad entendida desde una lógica de control, pero rara vez desde la experiencia cotidiana de la infancia.

Y sin embargo, pocas preguntas son tan reveladoras sobre la calidad de una ciudad como esta:

¿pueden los niños usar y disfrutar sus espacios públicos de manera segura, libre y significativa?

Cuando un niño juega en una plaza, camina por una vereda en buen estado, se encuentra con otros, corre, explora y permanece en el espacio público, no está simplemente “pasando el rato”.

Está ejerciendo un derecho.

El juego, el encuentro, la autonomía progresiva y la posibilidad de habitar el barrio forman parte de una infancia plena.

Los espacios públicos bien diseñados no son un lujo ni un adorno urbano: son infraestructura social esencial.

Allí se construyen vínculos, pertenencia, confianza y ciudadanía desde los primeros años de vida.

Esto es particularmente importante en una región tan marcada por la desigualdad territorial. Para muchos niños y niñas, especialmente en sectores populares, el espacio público es el principal lugar de recreación, socialización y contacto con la naturaleza fuera de la escuela y del hogar.

Cuando ese espacio falta, está deteriorado o resulta peligroso, la infancia queda confinada.

Se achica su mundo.

Se limitan sus oportunidades de juego, movimiento y desarrollo, y también se sobrecarga a las familias, sobre todo a las mujeres, que deben compensar con más tiempo, vigilancia y cuidados lo que la ciudad no garantiza.

Pero el problema en América Latina no es solo la escasez de espacios públicos para la infancia. También es su abandono.

Con frecuencia, los gobiernos locales anuncian parques, plazoletas o áreas verdes como símbolos de inversión social, pero una vez inaugurados quedan sin mantenimiento, sin programación, sin cuidado y sin gestión comunitaria.

Entonces ocurre lo que tantas veces conocemos: esos lugares, que debían convertirse en puntos de encuentro, terminan vacíos, degradados o capturados por otros usos.

A veces se vuelven basureros.

A veces espacios inseguros.

A veces puntos de venta de droga.

A veces simplemente zonas que la comunidad aprende a evitar.

Ese deterioro no es un detalle menor: es una señal de fracaso de política pública. Porque un espacio público no se transforma por el solo hecho de ser construido.

Requiere diseño adecuado, sí.

Pero también: iluminación, mobiliario, accesibilidad, mantenimiento, actividades, presencia comunitaria e institucionalidad que lo sostenga.

Requiere comprender que el uso cotidiano es lo que verdaderamente produce seguridad y sentido de pertenencia.

Donde hay niños, familias y comunidad usando un espacio, hay más ojos, más cuidado mutuo y más vida urbana.

Donde no los hay, el abandono avanza rápidamente.

Pensar la ciudad desde la infancia tiene además un valor estratégico.

Un espacio que funciona para niños y niñas suele funcionar mejor para todos: personas mayores, cuidadores, mujeres, personas con discapacidad y vecinos en general.

La infancia obliga a poner atención en la escala humana, en la proximidad, en la sombra, en el descanso, en la seguridad vial, en la calidad del mobiliario y en la posibilidad de permanecer.

En otras palabras, obliga a diseñar mejor.

América Latina necesita dejar atrás la idea del espacio público infantil como obra menor o como gasto decorativo.

Invertir en espacios públicos para la infancia es invertir en cohesión social, prevención, salud mental, bienestar y democracia cotidiana.

No basta con reservar un terreno y poner unos juegos.

Hay que crear lugares vivos, dignos y sostenibles, donde la infancia sea visible y bienvenida.

Porque cuando una ciudad expulsa a sus niños del espacio público, empobrece su presente.

Pero cuando los pone en el centro, empieza a construir una ciudad más justa para todos.

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